Quizás esta sea la verdadera diferencia: donde la tradición es peso, se conserva; donde es ausencia, se osa. Pero sin sueño, el vino pierde su alma: queda solo como una repetición bien hecha, una fotografía sin movimiento. Soñar el vino significa aceptar lo impredecible, reconocer a la naturaleza como cómplice y dejar que cada vendimia sea un acto creativo. Quizás el vino más auténtico no es el que tranquiliza, sino el que sorprende. Quizás el futuro del vino se jugará precisamente allí, en el valor de volver a soñar.
LAS BOTELLAS
El vino de la tradición y de las reglas es, sin duda, el champagne y, entre los imperdibles, está el de Nicolas Maillart, el Blanc de Noirs Grand Cru Jolivettes: tenso, elegante, complejo y extraordinariamente denso y largo. El vino del sueño es, en cambio, argentino, de la bodega Matervini: el Malbec Alteza, un vino con una fruta increíble, pero sobre todo con un llamado a un territorio extraordinario. Es potente y fino, rico, pero fresco. De una trama emocionante.
- Gianfranco Cipresso
Roberto Cipresso
Consulente Enologico e Autore. Experto en terroir y viticultura