El Galestro no es solo “tierra”: es un esquisto arcilloso, un encuentro milenario entre la arcilla y la caliza que aflora en escamas, en fragmentos prismáticos casi preciosos. Pero su verdadera belleza reside en aquello que no se concede de inmediato, en lo que hay que saber merecer.
La primera lección del Galestro es el drenaje.
Cuando llueve, el agua no se queda en la superficie: se desliza, desciende hacia las profundidades y deja un «silencio hídrico» que obliga a la vid a elegir. Es una disciplina natural: la planta debe hundir sus raíces, penetrar en el corazón de la roca, buscar la vida donde la vida no es cómoda. Y es precisamente esa búsqueda, esa pequeña «fatiga» cotidiana, lo que construye la complejidad. El suelo permanece más seco, el aire circula, los racimos respiran: la humedad no domina, no manda, e incluso la hierba no se convierte en dueña. Todo es más esencial, más tenso, más verdadero.
Es un suelo pobre en sustancia orgánica, sí, pero riquísimo en carácter: un depósito de minerales que no se exhibe como una joya, sino que trabaja como una corriente subterránea. En este terreno, el Sangiovese encuentra una acidez vibrante, una frescura casi eléctrica. Y los taninos cambian de rostro: se vuelven más finos, más sedosos, más aterciopelados. Una elegancia que no grita, sino que se impone con gracia, como esas personas que entran en una habitación y no necesitan presentación.
Y si excavas en la memoria más remota de esta roca, encuentras el mar.
Porque el Galestro también es esto: un antiguo lecho marino hecho de limos y arcillas que el tiempo ha compactado, oxidado y transformado. Luego la tierra se movió, empujó esos fondos hacia arriba, los llevó a la colina, entregándonoslos con inclinaciones y exposiciones diversas, como páginas de un mismo libro abiertas en capítulos diferentes.
Es una materia viva, que parece recordar su origen arcilloso cuando llueve, para volver a ser roca en cuanto el sol la seca. Una memoria que se enciende y se apaga, pero que nunca desaparece.
Cremosidad, terciopelo, seda: esto es lo que el Galestro regala al Sangiovese. Y para mí, no existe suelo más ideal para contar la historia de esta variedad y la magia de nuestro territorio, porque aquí cada escama es una palabra, y cada raíz es una frase escrita en profundidad.
Roberto Cipresso
Consultor enologo y autor. Experto en terroir y viticultura